viernes, 22 de octubre de 2010

Matt 1

Me desperté.

Me dolía horrores la cabeza. Abrí mis ojos verdes poco a poco, ya que me molestaba la poca iluminación que había. Por un momento no recordaba nada, incluso llegué a asustarme al pensar en la posible idea de estar amnésico. Noté como algún tipo de líquido me recorría la cara; así que pasé mi mano, algo agarrotada y callosa, por ella. Al mirarme la mano justo después, descubrí que era sangre. Sangre que salía de mi cabeza, llena de greñas de color castaño. Sangre que se asomaba de debajo de mi gorro negro de lana y que, tras recorrer la cara de un joven desgastado, con barba de varios días, llegaba a manchar mis grandes gafas de aviador, que descansaban sobre mi pecho, colgado de mi nuca.

Volví poco a poco en mí, recuperando la consciencia. Deseando que no fuera una herida grave ya que no sabría bien cómo curarme. Y en ese momento recordé lo que había pasado:

“Muchos meses después del incidente de Umbrella, y tras sobrevivir milagrosamente durante tanto tiempo, llegué a encontrarme con un grupo de supervivientes. Aunque era más peligroso cuanta más gente se juntara, conseguimos arreglárnoslas. Nos movíamos constantemente, recogiendo los recursos y supervivientes que éramos capaces, evitando las grandes ciudades, lugares de mayor peligro. Teníamos normas bastante estrictas, pero razonables, al fin y al cabo estábamos viviendo un apocalipsis.

Con el tiempo, llegamos a ser un grupo numeroso. Y pese a las circunstancias, o incluso gracias a ellas, nos convertimos en una familia. Habíamos perdido sino a toda, a casi toda nuestra verdadera familia. Así que el convivir con personas durante tanto tiempo llegaba a crear un vínculo muy fuerte. Algo doloroso, sabiendo que caerían muchos por el camino.

Y como cada uno tenía algún tipo de conocimiento, desempeñábamos todos un papel importante para el grupo, incluso los que, a priori, no parecían ser útiles. Al principio yo me sentía algo inútil, ya que nunca había sido nadie demasiado fuerte ni valiente. Sin embargo, se me daban muy bien los trastos, así que pasé a ser el ingeniero o mecánico del grupo. Yo era el que se encargaba de arreglar casi cualquier cosa o incluso inventar algún aparatejo estúpido. Aunque, como todos, para sobrevivir tuve que saber utilizar armas.

Solíamos ignorar cualquier rumor que otorgara algún tipo de esperanza, ya que normalmente conllevaba un peligro muy grande por algo que ni siquiera se sabía con certeza si era real. Pero entonces apareció ese diario. Todo lo que decía parecía real. El grupo, formado por todo tipo de personas, se dividió en dos. Los que querían continuar con el estilo de vida de siempre, y los que, hartos de huir hacia ningún sitio, habían destinado todas sus esperanzas a lo que decía aquel diario: que Manhattan se había convertido en una isla-refugio a salvo de zombies. Muchos, yo entre ellos, habíamos vivido en Manhattan antes del incidente, y el sólo pensar en volver a casa ya nos cegaba.

Pero tras votaciones y discusiones, y con la idea en la cabeza de tener por fin un destino al que ir, un grupo de valientes decidió cometer la locura de cruzarse el país hasta llegar a la famosa isla. Entre ellos había varios expertos en armas y combate, así como algún piloto, médico y demás. Yo, el ingeniero, estaba entre esos estúpidos.

Después de varias semanas y alguna que otra triste baja, conseguimos llegar a la costa. Desde allí sólo llegábamos a ver la ciudad-isla cubierta de niebla, lo que no nos dejaba saber con seguridad qué estaba ocurriendo allí. Los puentes estaban todos derrumbados, lo que era una gran noticia, porque confirmaba que Manhattan estaba cerrada. Conseguimos hacernos con un barco e incluso arrancarlo. Y aunque prácticamente ya habíamos llegado, la cosa se complicó.

Entre nosotros había un infectado. Alguien que había sido mordido y no había tenido el valor suficiente de decirlo, con la esperanza de encontrarse con un antídoto en la isla. Pero fue demasiado tarde, ya que nos atacó antes de llegar. Y aunque ya no éramos el grupo amplio de principio, no tardó en propagarse por todo el barco. Aquello se convirtió en un matadero, y lo único que podíamos hacer era escapar a los pisos inferiores, a las bodegas, sabiendo que allí habría una salida por la que huir y retenerlos. Los últimos en quedar fuimos Klein, un antiguo soldado y que se había convertido en mi mejor amigo, y yo. Entre lágrimas y gritos conseguimos llegar a la puerta que nos llevaría a un pequeño pasillo, y tras otra puerta más, el exterior. El plan era encerrarnos en el pasillo, esperar a que el barco colisionase contra la costa, y después salir, dejando encerrados a los zombies dentro, para no llevar peligro al refugio.

Pero esa puerta, grande, pesada y maciza, con una válvula enorme en medio para abrirla, estaba atascada. Klein me dijo que la abriese mientras él me cubría. Con las herramientas que llevaba siempre en mi mochila bandolera, conseguí abrirla mientras Klein me protegía.”

Una lágrima recorrió mi cara manchada de sangre. Me llevé las manos a la cara y no pude evitar sollozar. Yo no quería recordarlo, pero mi mente me obligó.

“Klein me había lanzado su hacha para hacer palanca en la puerta, a la vez que disparaba a nuestros antiguos compañeros. Cuando conseguí abrirla lo suficiente, con un suspiro de esperanza miré atrás, para gritarle a Klein que viniera. Pero vi algo que me devolvió a la realidad. Mis amigos, mi familia, aquellos con los que había convivido durante tanto tiempo. Aquellos con los que me había aventurado a buscar la ciudad prometida, habían conseguido alcanzar a Klein y le habían mordido. Fue en ese instante cuando me di cuenta que no sólo había perdido a mi mejor amigo Klein, sino a todo lo que un día significó algo para mí.

-¡Corre! ¡Métete dentro!¡No dejes que te muerdan! ¡Aún puedes salvarte! ¡Hazlo por nosotros! ¡VIVE!-gritaba, tratando de sacarse de encima a demasiados zombies.

Yo no quería. Quería quedarme allí. Quería salvarle, pero era imposible. Si no pasaba por esa puerta en ese momento, los zombies conseguirían pasar y jamás podríamos entrar en Manhattan. Era imposible que nos salvásemos todos. Sólo yo podía salvarme. Así que afirmé con la cabeza, miré serio a Klein y corrí al interior del pequeño pasillo. Tiré de la puerta con todas mis fuerzas, sabiendo que los zombies ya estaban cerca.

El sonido de la puerta al cerrarse silenció el ruido que emitió una bala al salir del cañón de una vieja Colt para posteriormente atravesar el cráneo y los sesos de mi mejor amigo.

Giré la válvula y quedé a salvo. Pero justo fue en ese momento cuando el barco llegó a la costa. Y como no había sido frenado, un duro golpe sacudió todo el barco, haciéndome volar por el pasillo.”

Me sequé las lágrimas al recordarlo. Había dejado a casi toda mi nueva familia por llegar a mi nuevo destino, escrito en un diario que, por suerte, guardaba en mi bandolera. Y tras eso, había perdido a todos y cada uno de mis compañeros de viaje, convertidos en lo que más odiaban por culpa del terror comprensible que sentía uno de ellos. Incluso a Klein, que estaba tan cerca de salvarse.

Era mi culpa. Yo había sido el que había encontrado el diario y el que había insistido en llegar a Manhattan. El que había logrado convencerlos de cometer tal locura. Y todos habían muerto por conseguir que llegara al destino que yo les prometí. TODOS.

Estaba triste por lo que había ocurrido. Pero debía honrarlos. Debía salir de aquel barco y conocer la ciudad que me daría la felicidad que tanto ansiaba. Incluso se me pasó por la cabeza al pensar que quizá podría encontrarla a ella. Así que, tras comprobar si llevaba todo en la mochila, la puse en la espalda. Me coloqué bien el gorro, con cuidado de no hacerme daño en la herida. Y sobre él, las gafas de aviador que me habían regalado. Me agarré bien las cartucheras, colocadas al final de mi espalda, por debajo de la bandolera e introduje en ellas mis Berettas. Cogí el hacha con una mano y asentí con la cabeza. Ya estaba listo.

Giré la válvula y abrí la puerta, con una sonrisa melancólica. Por fin había llegado a mi destino. Cuando pude mirar al exterior…

NADA.

No había nada. Nada más que niebla, el olor a muerto al que estaba acostumbrado y desesperación. Desesperación provocada por los objetos en llamas a los lados de la calle, la sangre.

Estaba equivocado. Aquella ciudad estaba infectada. Aquella esperanza era falsa, como todas las demás. Todos habían muerto por mi culpa. Me había quedado sólo otra vez. Notaba el peso del karma sobre mí. Había conseguido una gran familia y la avaricia y desesperación por encontrar un lugar mejor cegaba la felicidad que ya tenía. Tanto, que había vuelto a estar sólo otra vez. Pero esta vez, con mucho más dolor que al principio.

Agarré el hacha con fuerza y comencé a caminar.

Me llamo Matt. Y prometo seguir adelante y vivir por todos aquellos que dieron su vida por salvarme.